Colibrí de plumas negras
...Y recuerdo como los árboles se estremecían al verla. El
cielo se llenaba de nubes y tomaba un tono rojizo que, en mi mente
retorcida, siempre aludía sangre e ira. Recuerdo su sonrisa picara
y demoníaca. Recuerdo sus enormes ojos de ángel y su
cabello de sirena veteado de distintos colores. Todos
matices fríos, fríos como ella. Era una excepción a
la norma, era la única luz sin calor, un fuego
helado ardiendo en todo su potencial. Era excepcional. Hipnotizaba mis
ojos, levantaba al animal dormido dentro de mi, construía estatuas
y monumentos de ella hasta en los rincones mas escondidos de mi mente. Era
una necesidad para mis ventanas.
Y,
sin embargo, fue de su boca de donde salieron las palabras que se
han incrustado en mi cabeza y se han llevado toda la lumbre mi ser.
Aquellas tatuadas en mi cráneo que solo la muerte posee el poder
para borrar: “estoy sola”.
Esta
no era un chica normal. Era un mar de contradicciones, un remolino que aun no
sabe para que lado girar. O, al menos, eso deseaba aparentar. Vivía cambiando de opinión,
de colores, de sentimientos, de realidad, de personalidad.
Tan impredecible como el viento y, definitivamente, mucho más voraz y
destructiva.
Me encantaba verla fingiendo interés, aún cuando la indiferencia desbordaba de sus ojos, escurriendo esa tinta negra que emanaba de su alma corrompida. Siempre con una pizca de inocencia y con el corazón destruido en la mano, siempre con gentileza… siempre tras una muralla impenetrable.
Me encantaba verla fingiendo interés, aún cuando la indiferencia desbordaba de sus ojos, escurriendo esa tinta negra que emanaba de su alma corrompida. Siempre con una pizca de inocencia y con el corazón destruido en la mano, siempre con gentileza… siempre tras una muralla impenetrable.
Actuar
era su pasatiempo favorito, esconderse su mejor acto y
la omisión su verdadero dialecto. Esta chica era un misterio
para cualquiera y cualquiera que tratase, tan solo estaría perdiendo
su tiempo. Aún sabiendo eso, siempre pensé que perdido ya me
encontraba y he perdido todo, así que el tiempo ya no es mio para extrañarlo.
La veía constantemente,
incluso cuando ella no lo notaba, pero siempre supe
que podía sentir mis ojos clavados en su persona,
esperando. Después de todo, en ocasiones, en simples
coincidencias de la vida, el espejo no es la única forma de reflejarse.
Ella era un desorden como ningún otro, un caos envuelto en
llamas, una
niña asustada del mundo, una anciana cansada de él. Tenía un alma de antaño encerrada en un caparazón nuevo, totalmente disconforme con lo establecido y lo correcto, una verbigracia de rebeldía y pasión, la singularidad que atrapa todo a su paso, sin importar su intención.
niña asustada del mundo, una anciana cansada de él. Tenía un alma de antaño encerrada en un caparazón nuevo, totalmente disconforme con lo establecido y lo correcto, una verbigracia de rebeldía y pasión, la singularidad que atrapa todo a su paso, sin importar su intención.
Era
un ángel que pareciera haber perdido la memoria, parecía haber
perdido su rumbo. No encontraba aquella nube que la esperaba
con ahínco día tras día, sin saber que nunca
la volvería a visitar.
Merodeaba por
caminos inhóspitos, surcaba mares que no
le pertenecían, le gustaba jugar con fuego y su verdadero
objetivo era quemarse. Quemar ese sentimiento de angustia, ese
sentimiento de dolor, quemar el vació que se encontraba dentro.
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