Musicoterapia
Dominando la ciudad se alzaban las mismas nubes grises que todos habíamos observado durante los últimos dos meses. Ese tono sombrío y lúgubre recorría todas las calles de la capital y las almas atrapadas en su radio empezaban a sentir los efectos de tal acontecimiento. “¡Tan solo dime una buena razón para salir de la cama!”, refutaba mi hermano a mi estúpido intento de convencerlo a dar una vuelta por el parque, y ¿Quién podría culparlo? Los arboles habían perdido sus hojas por la falta de luz solar, la gente ya no caminaba como antes; ya no existía una sonrisa que admirar en esta desolada comunidad. De igual forma, había pasado las últimas cuatro semanas circulando la ciudad en busca de un poco de alegría, en busca de una pizca de esperanza que pudiera sacar a todos de sus agradables y aburridos colchones; pero todo intento terminaba igual de fatalista como los anteriores.
Me levanté un jueves por la mañana y abrí las persianas en mi cuarto, esperando como siempre que las nubes hubiesen desaparecido; el sol finalmente entraría por la ventana y la gente estaría celebrando por todas las calles. La desilusión me saturaba de nuevo. “Que sorpresa”, exclamaba sarcásticamente mientras me vestía con la misma ropa del día anterior, ya a nadie parecía importarle mi manera de vestir; francamente, ya no parecía importarles nada. Comencé a bajar las escaleras hacia el vestíbulo y observé a mi hermano acostado en su odiosa cama. Tenía la mirada fija en el techo y parecía no haber comido en días, la época estaba cobrando su elevado precio. Me resigné en preguntarle de nuevo si deseaba salir a caminar conmigo, sabía muy bien la respuesta así que me dirigí a terminar mis asuntos. Cerré la puerta de mi casa y comencé a caminar hacia el parque. En él, se encontraba una pequeña banca de mármol, esta era mi preferida desde hace mucho tiempo y, ahora con toda la gente vagando sin espíritu o aplastadas en sus cuartos, me era mucho más sencillo reclamar mi lugar. Al llegar al parque, noté a un viejo sentado en la banca. Esto no me fue desagradable; claro, era mi banca preferida pero ver a otro ser humano recorrer este lugar me hacía sentir como parte de una sociedad de nuevo, y no como el único sobreviviente en esta ciudad fantasma, así que me acomode en una banca cercana y prendí un cigarrillo. Vi que el viejo tenía un estuche tirado en el suelo y, a la par, había un artefacto que nunca había observado en mi vida. Era como una caja de madera, con un agujero en medio y tenía forma de ocho. También tenía un palo atravesado verticalmente y seis pitas que llegaban de un extremo al otro. Estaba tan enfocado en este nuevo descubrimiento que nunca noté la mirada fija que el viejo tenía puesta sobre mí hasta que levantó el objeto del suelo y se lo colocó entre las piernas. Ahora, el artefacto me parecía mucho más curioso y, con sus ojos clavados en mí, no tuve más remedio que levantarme e ir a conversar con el viejo. “¿Qué es eso?, pregunté sin introducción ni tacto, la curiosidad me había ganado.
El viejo me recibió con una sonrisa, la primera que veía desde hace mucho tiempo; solo con eso, mi mente sabía que este hombre era muy distinto a los demás y estaba empezando a desesperarme por saber la razón. “Esto, mi querido amigo, es una guitarra”, contestó. De nuevo, como todo curioso, pregunté “¿para qué sirve?”. El viejo soltó una pequeña risa, la cual me irritó bastante, hasta que logré ver sus ojos cubiertos en lágrimas y una sonrisa aun más grande. “Con esto, tú puedes crear miles de sonidos, experiencias, sonrisas. Con esta guitarra, puedes crear música”, contestó. Volteé la cabeza hacia un lado y mi rostro cambío de nuevo. No tenía idea de lo que hablaba el viejo pero antes de poder preguntarle, me interrumpió, “La música es…inexplicable”, me dijo. “Pero siempre se puede disfrutar, te muestro”. El anciano comenzó a sacar sonidos de la guitarra, sonidos que nunca hubiera imaginado. Eran como un remolino de emociones; a veces, sonaba triste y gris, como el día y época que vivíamos; Otras veces, la guitarra sacaba los sonidos más bellos del mundo, sonidos que me transportaban al pasado, cuando el sol estaba de nuestro lado y su luz infundía alegría en nuestros corazones. Terminé cerrando mis ojos por completo y dejé que el sonido me llevara a donde él quisiera. Pasaron veinte minutos y la música se detuvo. Abrí mis ojos y el viejo estaba ahí, observando con la misma sonrisa de antes. Me avergoncé un poco, pero sin dudar le pedí que creara música de nuevo. Se me acercó y puso la guitarra en mis manos, “¿Por qué no tocas algo?”. Con la mirada sorprendida repliqué, “no sé cómo”. El viejo volvió a soltar una pequeña risa pero, esta vez, no me irrité. Entendía que era de júbilo y no con el afán de burlarse de mí. “No te preocupes, yo te enseño”. Toda esa tarde estuvimos sentados ahí mientras él me enseñaba acerca de la música. Me hablo de acordes, las partes de la guitarra, afinación e incluso me enseño una pequeña secuencia de ocho “notas”, como él llamaba los sonidos, que no era tan complicada pero si muy hermosa. Al final del día tenía que regresar a mi hogar, así que me despedí con tristeza y comencé el trayecto de regreso. Antes de llegar a mi casa, oí un grito proveniente del parque, gritaban mi nombre así que voltee. Era el viejo, corriendo con todas sus fuerzas hacia a mí. “¿Qué sucede?, le pregunté pero no contestó. Mientras recuperaba su aliento, me dio el estuche con la guitarra y sonrió. Sonreí de vuelta y pregunté de nuevo, “¿Qué sucede?”. Esta vez sí contestó, y dijo “Te has olvidado de algo muy importante”. Sabía muy bien que no era cierto, ya que había revisado mis bolsillos antes de partir; pero también sabía que el viejo no estaba loco y tendría alguna buena razón para decirlo. “Te olvidaste de tu regalo”, contestó con ademanes muy alborotados, “Esta es tu guitarra ahora, haz música y compártela.” Antes de poder responder, salió corriendo con su sonrisa particular, agitando su mano mientras gritaba adiós.
Al día siguiente me levanté y abrí las persianas, como usualmente lo hacía. Las nubes seguían ahí, pero la desilusión parecía haber olvidado mi estación. Inmediatamente saqué la guitarra de su estuche y comencé a compartir mi música con un pequeño pájaro rojo que se encontraba en el árbol afuera de mi ventana. Habían pasado un par de minutos cuando decidí arreglarme para ir de nuevo al parque con el viejo. Tomé ropa nueva del armario y comencé a bajar las escaleras. Me detuve y pensé que tal vez mi hermano quisiera venir conmigo, pero cuando volteé hacia su cuarto, él no estaba acostado. Me sorprendí y salí corriendo hacia su cama; para mi asombro, lo encontré recostado en la ventana, “Ven, ven a ver”, me decía con ahínco. Me acerqué a la ventana y ahí se encontraba el mismo pequeño pájaro rojo al que le había compartido mi música, pero esta vez él emitía la misma tonada que yo le había interpretado. No sonaba igual, pero su efecto era igual de poderoso y hermoso que el de la guitarra. “¿Qué es eso, lo que hace el pájaro?”, preguntaba mi hermano con lagrimas bajando por sus mejillas y una sonrisa en su rostro. “Eso es música”, le contesté. “Es hermosa”, repetía mi hermano mientras cerraba sus ojos. En ese momento comprendí que el viejo, aunque era muy sabio, se había equivocado previamente. Viendo a mi hermano de esta manera, no podía evitar pensar que la música era un deleite, siempre se podía disfrutar; pero no era inexplicable. Era la fuerza para levantarse, aun cuando la luz ya no nos daba su calor. Siempre tendríamos a la música porque la vida era música. Cerré mis ojos y acompañé a mi hermano en su viaje, a donde los sonidos quisieran llevarnos.
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